La propuesta es que botemos la estatua
de Tecún Umán, y pongamos una estatua de los gemelos divinos, los hermanos Hunahpú e Ixbalanqué, hijos de
Hun–Hunahpú y la doncella–virgen Ixquic.
Cazadores y pendencieros sagrados, son ellos quienes nos han regalado nuestro mejor relato heroico.
Podríamos buscar durante milenios en todo el
paisaje cultural maya, colonial, criollo, mestizo y posmoderno, y no
encontraríamos mejores héroes que estos héroes que ganan sus batallas jugando,
con inocencia, ingenio, coraje y humor. Y en tándem: juntos pues.
No son el tipo de superhéroe fornido,
sacrificial o ideológico. Hay que percibirlos más bien compactos, ingeniosos,
ágiles, medio cabrones y difíciles de timar, porque ellos mismos son los
últimos timadores, los últimos tricksters. Con estas cualidades, nuestros
cerbataneros y jugadores de pelota escapan del intenso bullying de sus hermanos
mayores (a quienes convierten en monos); derrotan al pretencioso Vucub Caquix;
y superan las intensas pruebas impuestas por los Señores Neuróticos de Xibalbá
(que, como se sabe, no eran buenos perdedores). Los gemelos inclusive resurgen
de las cenizas de la muerte, y consiguen engañar y someter a los dioses
inframundanos. Luego de múltiples aventuras de picaresca mitológica,
eventualmente se transforman en el sol y en la luna, asumiendo plena divinidad.
Erijamos una estatua de los gemelos, no para
copy/pastearlos, sino porque ellos nos recuerdan grácilmente los valores de la
autenticidad, la integridad, la libertad y la justicia. Sin esta clase de
valores, no sobreviviremos a nuestra propia historia. Valores como estos son
los que nos hacen héroes.